Testimonio
Desde muy joven me involucré en los movimientos de derechos humanos y pacifismo. Mi padre y mi hermano eran militares, ambos han muerto. Entré en el mundo del activismo porque no quería que nadie más muriera en la guerra, me parecía un sinsentido. Cuando uno es activista, sea la causa que sea, está dispuesto a entregar horas de su tiempo por un ideal; el mío era la paz entre los pueblos. En el mundo de las ong´s uno tiene acceso a mucha información y en una protesta el día de los derechos humanos conocí a un grupo que se adhería a nuestra marcha pero también reivindicaba derechos para los animales. Repartían folletos con información acerca de porqué los animales no humanos deberían tener el derecho a la vida, a la libertad y a no ser torturados. Se me quedó muy grabada la frase que llevaban en sus pancartas: “La no violencia comienza en la mesa”. Entonces me di cuenta que era cierto, que ejercemos una terrible violencia contra los animales día a día y nadie nos habla de eso. Sobre la guerra mal que bien tenemos información y todos podemos aceptar que matar humanos es inmoral, pero con los animales nada se hace público. Si no lo averiguas por ti mismo nunca verás en la televisión cómo despedazan a los animales para comerlos, como los despellejan por su piel, o cómo prueban shampoo y otros químicos en su piel. No podía seguir hablando de paz y pidiendo que no hubiera más matanzas de inocentes si seguía comiendo animales. Era contradictorio y profundamente discriminatorio. Era como decir “matar a unos está mal, pero a otros está bien”. En el fondo es lo mismo: la violencia es reprobable sin importar si la víctima es bípeda o cuadrúpeda. Sé que un mundo sin violencia es un ideal, pero al menos soy coherente con lo que pienso, digo y hago, y trabajo por cambiar lo que no me gusta desde acciones que parecen tan insignificantes como comer y que sin embargo, hacen la diferencia para millones de seres.
Roberto Allen

